domingo, 6 de febrero de 2011

Analizando los bienes: el tercer itinerario

El tercer itinerario comprende bienes distintos enmarcados en una temática común, cuya situación también es distinta. Empezamos visitando un obelisco en la concurrida Piazza Della Rotonda, bajando algo más para situarnos ante la Iglesia de Santa María sopra Minerva y así conocer el emplazamiento donde se erigieron un día el Iseo y el Serapeo más importantes de Roma, que hoy no podemos ver. A continuación vamos a conocer la singular Pirámide para despedirnos de los cultos de origen egipcio. Entramos a San Clemente para visitar el mitreo que se encuentra en su subsuelo y por último cruzamos el Tíber para visitar el santuario del Gianicolo.


A la hora de visitar el obelisco de Piazza della Rotonda lo encontramos coronando una fuente monumental en medio de la plaza. A esa altura, y sin ningún tipo de información, es difícil para el visitante percatarse de que frente al Panteón hay un obelisco de hace más de tres mil años, de enormes dimensiones y de una sola pieza. La importancia de bienes monumentales así no se valora cuando pasan a formar parte de la decoración urbanística. Toda su singularidad se pierde, y se pierde porque no se informa a quien se acerca a ellos acerca de su procedencia, antigüedad y razones de su situación ahí. Por lo tanto, un panel junto a la fuente, donde nos sentamos a descansar sobre los escalones y hacemos la fotografía de rigor con el Panteón de fondo, podría paliar esta carencia. Si además se hace referencia al resto de obeliscos egipcios que se encuentran por la ciudad y su ubicación, el visitante puede tenerlos en cuenta. Así valorará el que tiene ante sí en su justa medida, como un obelisco real concebido por y en el Egipto faraónico, traído a Roma mucho después en unas circunstancias y con unas motivaciones determinadas. Además, así no se toma como un unicum, pues no lo es, y se facilita el conocimiento de los demás obeliscos en Roma. No es conveniente que todo esto se pase por alto.





En la Piazza Della Minerva nos detenemos ante la iglesia, y no hay nada que nos haga pensar en que bajo el suelo que pisamos, en toda el área, se encuentran los restos de tres importantes templos romanos que en su día ocuparon una posición preeminente en el Campo de Marte. Se ignora por completo, por lo que un simple panel junto a la portada de la Iglesia o en algún punto de la propia plaza debería indicar su existencia. Con una reconstrucción de su aspecto originario y algunos datos más, el visitante se haría a la idea de dónde se encuentra, y se haría justicia con este pasado olvidado e ignorado, tan importante en el desarrollo religioso de la antigua sociedad romana como otros a los que sí se les presta atención. De paso, debería citarse que hubo muchos más Iseos en la antigua capital del Imperio Romano, para que se pueda transmitir la idea de la amplia difusión del  culto a Isis en Roma y por todo el Mediterráneo desde época helenística. El visitante dejaría de tomar a Isis como una diosa únicamente egipcia, cuyo culto nacería y se apagaría en Egipto: el culto a Isis se difundió y la personalidad de la diosa, su iconografía y sus ritos también, llegando a todos los confines del Imperio en el ámbito circunmediterráneo.





 La Pirámide de Cayo Cestio se conserva bastante bien, y una vez más estamos ante un elemento arqueológico e histórico, una tumba, convertida irremediablemente en símbolo y referente dentro de la urbe. Sus dimensiones y su forma singular la delatan, pero nada parece informarnos acerca de su caracterización real, sus orígenes y el por qué de su construcción en Roma. Nuevamente debe recaer en un panel frente a ella la responsabilidad de ofrecer al visitante esta información, resaltando que no es la única tumba piramidal construida por un romano aunque sí la única que puede verse hoy. Ocurre quizá con ella, como con muchos otros monumentos, funerarios o no, y precisamente relacionados la mayoría con el antiguo Egipto, que se valoran como construcciones singulares, sí. Pero no se hace en su justa medida, entendiendo su singularidad como un hecho que puede y debe estudiarse como se hace con otros muchos y valorándolo así, sino que se les coloca un aura de excepcionalidad que los hace, por alguna razón, aparentemente diferentes y los aísla de un contexto, siempre necesario. Esta Pirámide, si es excepcional, lo es en la medida que las circunstancias que motivaron su construcción nos empujen a pensarlo. Lo demás queda en el campo de la especulación y la necesidad humana de convertir una obra humana del pasado en una maravilla y un modelo. Con esta reflexión y la seguridad de que la realidad arqueológica puede ser tan emocionante o más que la ficción histórica, cerramos la valoración de los bienes asociados a los cultos egipcios.

Al Mitreo de San Clemente se puede acceder desde el interior de la Basílica, pagando la entrada y visitando la construcción paleocristiana. Se conserva muy bien y la visita merece la pena. Desde ella, unas escaleras nos conducen a un nivel inferior y desde un estrecho corredor podemos asomarnos y ver los restos del mitreo. No se ve demasiado bien, y desde luego no como en las fotografías. Hay  un pequeño cartel que lo identifica, pero con muy escasa información. Podría complementarse con más datos, puesto que el término “mitreo” no habla por sí mismo y no es suficiente. La explicación de los modelos de recintos de culto a Mitra y algo de su simbología ayudaría a comprenderlo mejor.







El santuario del Gianicolo, por último, debería dotarse también de un panel explicativo que mostrase lo básico del recinto y de los cultos asociados, así como la importancia del emplazamiento en relación a un lugar natural sagrado, un santuario primitivo cuyas aguas y vegetación se asociaban a la ninfa Furrina.

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